Lo siento, eres demasiado viejo para esta película

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Trevor y Craig, Mortadelo y Filemón made in USA, se disfrazan para emprender una misión un tanto absurda: después de descubrir, por un colgante barato con forma de medio corazón, que son hermanos gemelos separados al nacer, Trevor (Josh Sharp) y Craig (Aaron Jackson) decidirán poner remedio al…

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‘Dicks’, la comedia musical de A24, brilla y sacude el Festival de Toronto.

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Trevor y Craig, Mortadelo y Filemón made in USA, se disfrazan para emprender una misión un tanto absurda: después de descubrir, por un colgante barato con forma de medio corazón, que son hermanos gemelos separados al nacer, Trevor (Josh Sharp) y Craig (Aaron Jackson) decidirán poner remedio al desagravio original que ha provocado que sus vidas, aparentemente idílicas, carezcan del brillo de una felicidad plena… Porque naturalmente su narcisismo profundo y su analfabetismo emocional no tiene nada que ver con su insatisfacción continuada, ni con las incomprensibles dificultades que encuentran a la hora de comprometerse con las muchísimas mujeres que se les echan a los brazos.

Sin lugar a dudas, su hombría feliz tiene que estar lacrada por algún condicionante trágico iniciático, y esa es la separación de sus padres. Por ello, decidirán solucionar el asunto –ojo a lo audaz de su estrategia– disfrazándose del otro para convencer a papá (Nathan Lane) y a mamá (Megan Mullally) para que vuelvan a estar juntos. Pero su empresa, una reelaboración (aún más) paródica del tándem de hermanas gemelas personificadas por Lindsay Lohan en Tú a Londres y yo a California (Nancy Meyers, 1998), es bastante más que un divertido juego de máscaras. “Dicks” en inglés significa, según el verbo que lo acompañe, o “penes” (to have) o “gilipollas” (to be). La película escrita por Jackson y Sharp sabe que la diferencia entre ambas acepciones es resbaladiza.

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Trevor, cabellera larga al viento, y Craig, pelo Beatle y todo huesos, empiezan sus mañanas cantando las virtudes de su hombría gorilera (“Mi pene es p*** enorme / siempre deja a las señoras dolidas, / nunca hubo un macho como yo y siempre estaré arriba [on top]”). Sin embargo, algo no cuadra: porque nunca un übermensch arrancaría a cantar y bailar sus virtudes en un escenario multicolor. Y luego, claro, porque los cuerpos de Trevor y Craig tienen una pluma fantástica. Para rematarlo, por encima de sus cabezas, la voz narradora de Dios (Bowen Yang, divinamente vestido con una túnica con estampas sexuales) apunta irónica sobre el carácter absolutamente inédito de un par de hombres gays tratando de pasar por heterosexuales.

Trevor y Craig aquí afilan el potencial de la pluma para poner distancia entre aquello de lo que nos tratan de convencer (la híper masculinidad del tándem) y aquello que vemos por debajo. Históricamente, la pluma nos ha permitido desplazar la normalidad y descubrir lo impostado de los estándares sociales. La pluma ha cargado siempre con el peso de la visibilidad revolucionaria de la cultura queer. Por ello, que los dos machos (absolutamente reprobables) al frente de Dicks tengan pluma es un gesto subversivo y poderoso incluso dentro de una película que va “sólo en broma”. Y si al festín de hombres haciendo de súper-machos le añadimos la genial estrategia de disfrazarse del otro para enamorar de nuevo a sus padres, el espectáculo asciende a las maravillosas esferas del mundo drag.

Pero todo ello es comprensible sólo si entendemos los pliegues tácitos de las expresiones queer. Sin ellas, Dicks sería una comedia tremebunda, especialmente dirigida a ofender a todos y todes. Al colectivo gay, con el personaje del padre, un “hombre normal homosexual” que vive con dos acompañantes monstruosos, los sewer boys (“chicos alcantarilla”, entre la rata, el bebé y el demonio). A las mujeres en general, con la figura de la madre que de tanto usar el vibrador perdió la vulva, o de la jefa de la empresa de piezas de Roomba en la que trabajan (la cantante Megan Thee Stallion), una girlboss que ha ascendido a base de aplastar a los hombres a su alrededor.

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Dicks no es para todos los públicos. La primera comedia musical de A24 apela específicamente a una audiencia joven que muy probablemente vea más allá de la cantidad de improperios que la pareja protagonista suelta, entre los que se cuenta un elogio al incesto (“Love is gross / but love is love”), a la violación (el número No means yes, “No es sí”) y naturalmente a la burla de cualquier gesto conciliador. Incluso en lo formal, la película de Larry Charles (Borat) habla en registro de joven millennial. Hilvanada por acciones y reacciones extraíbles al formato sticker, desencajada en frases icónicas (sobre los sewer boys, bichos babeantes: “No son asquerosos, son cultura gay”) y constantes embestidas de la cuarta pared, que se tambalea cada vez que a papá y a mamá, Lane y Mullally, se les escapa la risa en plano. Trevor y Craig son maricas en disfraz, pero también son los únicos de su gran aparataje musical en no poder encadenar unos sencillos pasos de baile sin tropezar.

A24 puede considerarse hoy representante “elevada” de la cultura zillennial, pero serán películas como Zola (la adaptación feroz de Janicza Bravo de un hilo de Twitter) o Dicks las que salven a la marca de enrocarse en sus propios méritos.

 

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