El 27 de enero se cumplen 76 años de la liberación de los campos de concentración alemanes

Madrid.- En septiembre de 1939, después de la invasión alemana a Polonia, la Gestapo detuvo a Max Liebster por ser judío. «Me llevaron a la prisión local —dice Max— y confiscaron mis objetos personales. Cuatro meses después me condujeron al campo de concentración de Sachsenhausen. En el tren, un guardia de las SS me hizo entrar a patadas en una celda, por lo que aterricé encima de un hombre con el que viajaría las siguientes dos semanas. A pesar del terror e incertidumbre al que nos enfrentábamos, aquel hombre parecía tener una calma inusual.

Era un Bibelforscher (como se conocía a los Testigos de Jehová en Alemania). Al llegar al campo, y por una de esas extrañas casualidades de la vida me encontré con mi padre, que agonizaba. En abril de 1940 llevé su cadáver en brazos hasta los hornos crematorios.»

Entre 1941 y 1943, después de estar en el campo de Neuengamme, Max fue a parar al temible campo de Auschwitz, y en enero de 1945 pasó a Buchenwald, donde se proponían matar a todos los prisioneros judíos. Cuando le llegó el turno, escapó por muy poco de la muerte, pues esa misma noche, el ejército de los Estados Unidos liberó el campo. Max ya era para entonces uno de los Bibelforscher.

El caso de los Testigos de Jehová no es un episodio insignificante. Se calcula que más de dos mil murieron en los campos o como consecuencia directa de la persecución nazi. ¿Por qué? Por su rechazo —debido a sus principios cristianos— de la excluyente ideología nazi y su concepto de la superioridad racial aria. Además, se negaron a hacer el saludo: Heil Hitler! y a incorporarse a filas. Es cierto, unas dos mil muertes parecen diluirse en el inmenso torrente de víctimas del nazismo: judíos, gitanos, homosexuales, polacos y rusos. Millones de víctimas que impresionan y provocan un intenso dolor. Sin embargo, para entender el drama de los Bibelforscher es necesario tener en cuenta el factor de «la proporción».

En su libro La persecución religiosa de los nazi, 1933-1945, John Conway escribió: «Lugar destacado entre los adversarios del nazismo era el que ocupaban los Testigos de Jehová, la mayoría de los cuales (97%) sufrieron mayor persecución que los miembros de cualquier otra iglesia. No menos de un tercio de sus fieles habían de perder la vida como consecuencia de su negativa a doblegarse o transigir». En términos parecidos se expresó Jorge Semprún, quien en su libro Aquel domingo, dijo: «En Buchenwald los Testigos de Jehová fueron especialmente perseguidos. […] El mando SS intentó hacerles abjurar de sus principios. […] Ni uno solo de ellos aceptó combatir».

Auschwitz aún nos estremece. Por respeto a los millones que sufrieron en carne propia o ajena aquella inenarrable negación de la naturaleza humana, se impone el deber de recordar. Pero, setenta y seis años después, ¿habremos aprovechado la lección de la Historia? Los prejuicios e ideas preconcebidas, así como el riesgo de ser víctima de la desinformación son aún hoy moneda de cambio. Y es un hecho, esa deriva puede hacernos retroceder setenta y seis años, a un recuerdo como el de Auschwitz, que sí, aún nos estremece…