Se vio en Vallecas

Con el cocido reposado de domingo y tras escuchar todo lo que los analistas del amplio espectro político, y los políticos, tenían para decir, justificar o condenar en una semana de estigmatización vallecana, vengo a relatar lo que allí se vio y vivió, pues no es sólo lo que se ve en las imágenes, sino lo que se respira en el ambiente o lo que se siente cuando tiembla el suelo, cuando, por fortuna, chocan las piedras contra el suelo y se rompen en mil pedazos.

Cualquiera que viera en las piedras, adoquines, latas o botellas una herramienta democrática deja dudas, no sobre lo que allí sucedió, sino sobre lo que puede llegar a justificar mañana. Y es en ese momento de impasse, cuando te ponen contra lo que has visto allí, cuando paras y recapacitas sobre por qué se buscan requiebros, por qué no han ido allí y han visto a la policía sufrir. Y tu única respuesta puede ser la objetividad y el relato de lo visto. En Vallecas, que pudo ser en cualquier otro lugar y que todavía dista de las imágenes de otras regiones de España, aunque las causas, la ferocidad, la esencia y la respuesta se puedan y deban discutir, sin trampa ni cartón, vi:

Un despliegue policial desde horas antes de empezar el acto. Vi una tarde apacible de vecinos en el parque donde horas después ocurriría lo evitable. Vi un perímetro policial amplio. Vi muchos medios de comunicación esperando para el espectáculo. Vi una zona controlada, perimetrada.

Vi a la policía pedir identificación a quienes entraban al parque. Vi pedir que se abrieran las mochilas, como cuando vas al fútbol. Vi a los primeros individuos dentro de la zona perimetrada con indumentaria de extrema izquierda. Vi que el perímetro comenzaba a quebrarse muy pronto. Vi que a las 18.30 era mucha le gente esperando a los políticos, y ninguno de ellos simpatizante de Vox. Vi el ambiente comenzaba a caldearse. Vi que gente muy joven portaba banderas republicanas y se encaraban con los agentes. Sentí que ninguno respondería a los medios. Vi que casi ninguno respondió. Vi que con cuenta gotas aparecían simpatizantes de Vox. Vi que se formaba un círculo alrededor de ellos. Vi que el cordón policial sería un cerco.

Vi que se congregaban en una infraestructura más parecida a un foso que a una plaza de parque. Vi que los grupos radicales y los manifestantes pacíficos, que también los había aunque no llego a dilucidar por qué debe haber gente increpando y amedrentando detrás de un cordón policial, se posicionarían casi encima de los asistentes al acto político. Vi los primeros enfrentamientos con la policía. Vi cólera, rabia, ira. Escuché gritos, consignas «antifascistas», insultos, escuché el sonido de huevos rompiendo contra el adoquinado. Escuché también a un grupo de mujeres que cantaban sobre Vallecas, ataviadas con pañuelos o banderas moradas. Vi como los radicales agredían a mujeres que intentaban entrar al mitin. Vi como también agredían a personas mayores que intentaban entrar al mitin. Vi que llegaron los primeros dirigentes de Vox. Vi que les tiraban botellas, mecheros y latas. Sentí que la policía iba a tener un día complicado. Vi que escupían a madres con sus hijos de cuatro años e intentaban agredirlas. Sentí que aquello no tenía ningún sentido.

Sentí impotencia por no poder ayudar, pero no era mi función. Vi que llegaron los dirigentes principales y sentí que la tensión era máxima. Me pareció sentir el odio irracional y la impunidad de mostrarlo que te otorga el ser un grupo numeroso. Sentí también que quienes conseguían entrar al foso tras pasar frente a amenazas y agresiones estaban orgullosos de haber llegado. No vi a Abascal acercarse a los grupos radicales porque el interés informativo ya no eran los políticos ni lo que tuvieran que decir, pero sé que se encaró. Vi que lo que sucedía fuera impediría a mucha gente poder acudir al mitin en libertad, fueran simpatizantes o no. Vi un hombre en la ambulancia con la cabeza abierta y un reguero de sangre.

Vi una lluvia de piedras, adoquines y cualquier cosa que fuera consistente para arrojarlo a la policía, a los políticos o a los asistentes. Vi mucha gente con mucho odio. Vi cargas policiales cuando ya todo se había descontrolado. Vi el sudor de los policías caer por la sien. Vi a algún agente, que imagino por su juventud, temblar.  Vi a vecinos del barrio muy disgustados con lo sucedido. Escuché a algunos vecinos que aquello ni les iba ni les venía, asegurar que ya le «habían ganado». A este en especial le escuché después en el bar discutir, mientras yo mandaba la nota para el periódico, con los cuatro que allí estaban, por defender el derecho que todos tenían de ir al barrio. Y no les convenció, pero ni mucho menos se bajó de su burra. Allí en Vallecas, vi que las piedras poco tienen de democrático. Vi que se permitió una temeridad. No reconocí a Madrid. Vi sangre, detenidos, sudores, policías heridos, vi agresiones, instigaciones, insultos, escupitajos… Vi de todo, menos lo que tenían que decir los políticos a los vecinos de Vallecas y vi de todo menos convivencia, futuro ni democracia.

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